Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción

Navalperal de Pinares (Ávila)

CAPILLA DEL SANTÍSIMO CRISTO DE LA INDULGENCIA


 

HISTORIA DE LA CAPILLA

Contamos con la aportación de investigación y documentación de D. Andrés Méndez Herranz, (q.p.d.), en su libro titulado “Nava el Peral o Navalperal de Pinares, 1991”, en el apartado que habla de la capilla del Santísimo Cristo de la Indulgencia.

“… Para poder determinar el cuándo, el cómo y el porqué de la ermita de nuestro Cristo, es imprescindible definir o, al menos, tratar de hacerlo respecto al autor de esta bonita capilla, y que fue nada menos que DON FELIPE GUTIÉRREZ BLÁZQUEZ”. No es fácil definir la gran talla humana de este hombre”.

“… Don Felipe, ejemplo de sacerdote, hombre ya mayor, recio, trabajador incansable, humanitario, dispuesto en cualquier momento a atender las necesidades de cualquier vecino, fue querido, admirado y respetado por todo el pueblo de Navalperal de Pinares, y al que, a pesar del tiempo transcurrido, le siguen recordando con admiración y cariño”.

“… Llegó a ésta a finales del año 1936 en plena Guerra Civil, en la que, por esta causa, hacía unos muy pocos meses había sido fusilado su antecesor. A su llegada, se encontró que la iglesia parroquial así como la ermita de San Antonio se encontraban interiormente destrozadas, las imágenes, pisos y altares quemados. Ante este desolador panorama, él, solamente él, comenzó por acondicionar en lo posible la ermita de San Antonio, pues de momento lo consideraba suficiente, ya que solamente eran unas doce o trece familias las que habían quedado en el pueblo. Aprovechando los camiones que transportaban a los militares y no sin pocos inconvenientes, logró traer, desde la Resinera, tablas, cástreles y un sencillo, pero bonito altar con una imagen de la Virgen, que se encontraba en la ermita del lugar que hoy se llama “Ciudad Ducal” igualmente desvalijada.

Ya están los materiales, pero ¿quién hace la mano de obra? Pues bien, aquí tenemos a DON FELIPE que se prepara un banco de carpintero, con serrucho y garlopa en ristre, acomete la obra.

No sin pocos esfuerzos tanto físicos como económicos, logró reparar la ermita de San Antonio, para después, acometer un obra mayor, la de la iglesia.

En la reparación de la iglesia, tuvo alguna ayuda muy pequeña, por parte de algún militar de los muchos que constantemente se encontraban en el pueblo, bien como de guarnición o descansando después de alguno de los combates de guerra.

Por fin, logró reparar todos los pisos, puertas y ventanas, haciendo algunos bancos para poder sentarse y arrodillarse. Todo esto no fue labor de poco tiempo y tesón hasta conseguirlo.

En el año 1939, recién terminada la contienda bélica, le empezó a surgir la preocupación de evangelizar, enseñando la fe de Cristo a todos en general, pero en particular y muy especialmente a los niños que, durante toda la guerra, habían carecido de la enseñanza más elemental de los conocimientos religiosos.

Por entonces, para asistir a la doctrina, que, todas las tardes, a la salida del colegio, daba a la chiquillería en la iglesia, era necesario cruzar la vía del ferrocarril por el paso a nivel (que hace pocos años se hizo un paso inferior), con el consiguiente peligro que esto representaba.

Entonces, por estas causas, D. Felipe comenzó a hacer realidad la idea de construir una ermita a la que pudieran asistir sin peligro los niños a la catequesis, sin necesidad de cruzar la vía férrea.

D. Julio Arenillas, al que se le dedicó una calle y su familia, muy reconocidos arquitectos, que desde niños vienen aquí a veranear, y a los que se les considera como hijos del pueblo, hicieron los proyectos de obra gratuitamente, colaborando en gran medida. Ya se tienen los proyectos y el terrero para edificar, pero ¿el dinero para la obra?, no hay que olvidar en la situación en que los vecinos se encontraban.

Por un lado, esta situación de tristeza en el pueblo y la gran pobreza por otro, dio comienzo la construcción de la ermita de nuestro Cristo, el que sin duda nos ayudó a salir adelante en el empeño. Con motivo de la tan repetida guerra, existía en esta localidad una o dos compañías de prisioneros. Estos hombres, generalmente jóvenes, se encontraban como pájaros enjaulados, poco alimentados y deseosos de alguna libertad por pequeña que ésta fuera. D. Felipe, por su sotana que tanta fuerza tenía más que por ser D. Felipe, se presentaba cada mañana al oficial militar que estaba a cargo de estos hombres, y pedía que le dejara cuatro o cinco de éstos. Por su tesón y fuerte carácter, logró conseguir un permiso por parte de quien fuera, para que le dejaran los hombres que necesitara, de esta forma, si no todos los días, sí casi a diario se presentaba en donde tenían a estos hombres, y solicitaba los que necesitara, poniendo la condición de que no fueran custodiados por guardia alguna él se responsabilizaba de ellos. Estos hombres que de la prisión salían, y algunos de los que aún estaban, tenían, de anteriormente a estas situaciones, bastante cantidad de piedra cortada en el lugar denominado las Peñas, esto es, en el espacio de terreno comprendido entre la iglesia y las piscinas. A estos señores les fue comprada la piedra por D. Felipe. Pero ¿cómo logró el dinero para poderla pagar?.

Pidiendo donativos a los veraneantes, que ya comenzaban nuevamente a venir al pueblo, pidiendo subvenciones a un organismo que existía entonces, y que se llamaba “Regiones Desvastadas”, de todas las formas honestas que le fue posible para obtener la más mínima peseta. Así mismo organizaba obras de teatro con los aficionados del pueblo…”

“… La mayor parte de los materiales (por no decir todos) fueron transportados por los labradores del pueblo con sus yuntas de bueyes y vacas, tales como Félix Segovia, Gregorio Herranz, Paulino Fragua, Ambrosio Grande, Vicente Jiménez, Bernabé Verdugo, Félix Herranz Rosado, Félix Herranz García, Jesús Postiguillo, Miguel Postiguillo, Dionisio Iglesias, Daniel Méndez, Domingo Elvira y otros muchos que no recuerdo, a los que ruego me perdonen por ello, pero que igualmente colaboraron con entusiasmo y alegría. Con todos estos esfuerzos, fue subiendo la ermita llegando el momento de tener que hacer esos arcos ojivales que tiene, y para ello era necesario la destreza y conocimiento de un buen profesional (la mayor parte de las paredes habían sido hechas por Mariano Águila y Leocadio Quirós).

Pues bien, para estos trabajos se requirieron los servicios de D. Nicolás Alvarado, hombre muy profesional y gran conocedor de estos trabajos, los que hizo, si no gratuitamente porque tenía una numerosa familia que mantener, sí me consta que lo hizo a muy bajo precio. La pizarra para el tejado fue donada, y lamento el no poder mencionar el nombre de quien lo hizo. Al parecer, debió ser un donativo anónimo.

Ya por fin tenemos la ermita “cogida aguas”, no sin pocos contrariedades, propias de toda obra, y las que D. Felipe se encargó de solucionar. Pero hay que rejuntar sus piedras tanto por dentro como por fuera, poner los pisos de madera, dar de yeso a los techos, etc.

Como siempre, D. Felipe, con vieja y roída sotana, lo mismo descargaba sacos de yeso que de cemento, que hacía un andamio, lo que fuera necesario.”

"...Llegó el momento de la terminación de la ermita de nuestro Cristo. Este día, el dieciocho de noviembre de 1945, amaneció muy nublado y lluvioso, lo que no mermó lo más mínimo la ilusión de todo el pueblo, que en torno a su sacerdote, autoridades locales con su alcalde D. Félix Segovia al frente, el señor gobernador civil D. Luis Valero Bermejo, el señor obispo y todos en general, festejarán con alegría y gran regocijo este día, acompañado por la banda municipal todos los actos …”


Como noticia se publicó en el Diario de Ávila.

“… Fue celebrada la Santa Misa por varios sacerdotes y el señor obispo, D. Santos Moro Briz.

Una vez terminada la ermita, fueron cumplidos los objetivos para los que fue hecha, que, como al principio decía, fue para que los niños asistieran a la doctrina sin tener que exponerse a cruzar el paso a nivel de la vía férrea ...”

“… después de una larga enfermedad, el día veintiuno del mes de noviembre de 1952, a los 74 años de edad, Dios quiso llevársele con El. Particularmente pienso ya que, sin duda alguna, para disfrute de Su Presencia en el descanso y bienestar que merecidamente supo ganarse por su generosidad”.

“… al poco tiempo de estar enterrado, fue trasladado al lugar en que hoy se encuentra: en la capilla del Santísimo Cristo de la Indulgencia, la que tanto trabajo y tantas preocupaciones le costó.

“… después de haber transcurrido muchos años desde su muerte, aunque siempre se le recordó con cariño, tenía que venir un nuevo sacerdote, llamado D. Manuel Blázquez Blázquez, experimentado, trabajador incansable, tenaz, con una gran psicología humana, don de gentes y con una gran preocupación por la enseñanza religiosa a los niños (que dicho sea de paso, mucho me recordaba a nuestro D. Felipe). A la vez fue un gran organizador de todo tipo de actos, y, con su experiencia, organizó un sencillo, pero bonito acto de homenaje.

Este homenaje consistió en una misa solemne concelebrada con varios sacerdotes más y una representación del señor obispo, teniendo lugar el día veintiocho de agosto de 1983, donando el pueblo una bonita patena con el nombre de D. Felipe ...”

“… Una vez terminada la Santa Misa, todos los asistentes, como si de una solo persona se tratara, nos dirigimos en unión de las autoridades municipales, a la ermita del Cristo, donde se encontraban sus restos para rezarle una oración y poner en su tumba varios ramos de flores. Acabados estos actos, e igualmente todos los presentes, sin distinción de ideologías políticas, nos desplazamos a donde hoy es el centro parroquial, edificio anexo a la casa parroquial, en donde nos fueron dirigidas unas palabras por el Sr. alcalde socialista, D. Felipe Águila Muñoz, descubriendo la placa que da nombre a esa calle, y que dice: CALLE DE FELIPE GUTIÉRREZ BLÁZQUEZ

“… Muy sencillo, puesto que la ermita de nuestro Cristo, de la que tan orgullosos nos sentimos los coritos, ha sido, en este año de 1987, muy positivamente reformada bajo la dirección y colaboración personal en el trabajo de nuestro entonces párroco, D. Manuel Blázquez, al que cariñosamente le llamamos el “padre arquitecto” o “padre cemento”.

“… Entre otras muchas, el interior de la capilla, que tanto trabajo y sacrificio costara al querido D. Felipe para poder terminarla, ha sido modernizada adaptándola a los nuevos tiempos actuales:

En el presbiterio o altar mayor, donde pende la imagen de Cristo, se ha forrado de madera toda la pared y, entarimado el piso debidamente barnizado. De todo el piso del resto de la capilla, fueron quitadas sus ya viejas maderas, y solada con losetas de mármol en diferentes tonos de colores.

Aquellos primitivos bancos de madera, hechos personalmente en su mayoría por D. Felipe, los cuales estaban bastante remendados, fueron sustituidos por otros nuevos y más acordes con los nuevos tiempos, y no solamente estos bancos, (sino también los de la iglesia).

Las puertas de la entrada, que, por ser de madera, estaban muy deficientes a causa de las humedades, fueron reemplazadas por otras nuevas de chapa de hierro.

El patio exterior o recinto de la capilla, que se encontraba abierto, y su suelo de tierra con los inevitables hierbajos que allí crecían como asimismo zarzas y otras malezas, ha sido empedrado de rollos y piedras blancas y negras, haciendo unos muy vistosos dibujos, en los que hay algunas representaciones bíblicas.

La valiosa cruz de piedra labrada, que se encuentra en el centro del recinto, fue donada por la Sra. Ángeles Elvira Segovia, así como la extraordinaria imagen de la Virgen con su peana, que da mucha presencia al recinto, fue donada por la Sra. Margarita Blázquez.

Por todos es conocido que tanto la construcción de esta ermita como la reforma de San Antonio fueron realizadas de forma similar a ésta.

Terminada la obra, fue invitado todo el pueblo a un pequeño refrigerio, el cual se hizo en la misma plazuela de la ermita, que se encontraba casi totalmente llena de público, y que discurrió dentro de una gran hermandad y alegría. Al terminar este refrigerio, que más bien fue una merienda-cena, D. Manuel nos obsequió a todos cuantos habíamos trabajado, con un diploma de la parroquia.

Desgraciadamente nuestro extraordinario compañero de trabajo, el “padre arquitecto” y muy querido D. Manuel enfermó de gravedad…”

“… D. Manuel, conocedor de su enfermedad irreversible (la que llevó con una gran fe, esperanza y resignación envidiable, propia de un digno ministro del Señor), quería unirse a todos los participantes, y de este modo, él particularmente, recibir el sacramento de la Unción de Enfermos para con ello despedirse de todo el pueblo en general sin distinción de clases o credos.

En la pequeña habitación donde se encontraba, fue celebrada la eucaristía por el sacerdote D. Jesús Blázquez (sobrino suyo) y D. José María Somoza, ambos iniciados en el sacerdocio por el “padre arquitecto”. Llegado el momento de la homilía, D. Manuel, en pleno conocimiento, comenzó dándonos ánimos, que no estuviéramos tristes, que aquello era una celebración de un sacramento en el que el enfermo debe recibirlo con pleno conocimiento de lo que está haciendo.”

“… Seguidamente nos dijo que comunicáramos a todo el pueblo su despedida, y que, si en algo los había ofendido, pedía perdón a todos, más aún que suplicaba el perdón como igualmente él perdonaba a todos desde lo más profundo de su corazón, que, por caridad, cesaran los odios y rencores entre todos, y principalmente entre las familias. A los padres, que iniciaran a sus hijos pequeños en la fe de Cristo. A sus compañeros sacerdotes, les daba ánimos, y les decía que se fijaran en él si en algo les podía servir como ejemplo.”

“… Terminada la celebración de la eucaristía, seguidamente D. Manuel nos dio su última bendición visible, que simbolizaba en nosotros la Bendición a todo el pueblo.”

“… Por último, en la noche del viernes día catorce de abril de 1989. Con una fe increíble, propia de un digno ministro del Señor y una resignación excepcional, entregó su alma al Dios eterno.”

“… A nosotros, los que quedamos en la tierra, y que nos preciamos de haberle conocido bien, nos queda su grato recuerdo, del que, además de sacerdote, fuera un gran amigo de todos, y por ello le dedicamos la oración que él hizo suya en su lecho de muerte.


           
PADRE,

            ME PONGO EN TUS MANOS
            HAZ DE MI LO QUE QUIERAS,
            LO ACEPTO TODO
            CON TAL QUE TU VOLUNDAD
            SE CUMPLA EN MI
            Y EN TODAS LAS CRIATURAS.
            TE OFREZCO MI ALMA,
            TE LA DOY CON TODO EL AMOR,
            DE QUE SOY CAPAZ.
            DESEO DARME,
            PONERME EN TUS MANOS
            CON INFINITA CONFIANZA
            PORQUE TU ERES MI PADRE
            AMEN.

 

Nuestro agradecimiento a todos y cada uno de los que fueron nuestros sacerdotes, a los ya citados en esta página y también a D. Dionisio y a D. Andrés, (que en la paz del Señor descansen), a D. Eladio y a D. Florencio, por su entrega y servicio a los demás, por enseñarnos la palabra de Dios, un consejo oportuno, unas palabras de ánimo, han estado siempre en muchos momentos de nuestra vida haciendo presente a Dios.


DESCRIPCIÓN DE LA CAPILLA


La capilla del Santísimo Cristo de la Indulgencia, se encuentra situada en el centro del pueblo, junto a la casa parroquial, en su recinto se puede contemplar una bonita plaza, solada con dibujos bíblicos, en la que se halla la imagen de la Santísima Virgen y una magnífica cruz en piedra.

Al disponernos a entrar en la capilla, una placa de mármol nos recuerda quienes fueran sus arquitectos, los señores Arenillas Álvarez.

La capilla está construida en piedra, dispone de una sola planta, con varios ventanales en forma triangular, en los cuales se hallan sus magníficas vidrieras y sus respectivas rejas, alternándose en la fachada con los diversos contrafuertes. La entrada está orientada al este y su puerta realzada por un arco apuntado, presenta una pequeña escalinata de acceso. Adjunto a la nave se localiza la fina y elegante espadaña que acoge la torre del campanario.

El altar se encuentra presidido por la bellísima imagen del Santísimo Cristo de la Indulgencia, se trata de una talla de un Crucificado vivo, fijado en una Cruz de madera con tres clavos, responde su estética al Cristo de Gregorio Hernández, se caracteriza por su naturalismo, su armoniosidad en la forma, un rostro sereno y lleno de fuerza expresiva. Su autor D. Jerónimo Pozurama, el cual tenía el taller en la calle Miralrío, 22 de Madrid, según Angeli Gago que acompañaba a su padre para la supervisión de la obra, a ambos lados las imágenes de Inmaculada Concepción y el Sagrado Corazón de Jesús.

Bajo la imagen del Cristo y en el mismo eje se encuentra el Sagrario gran obra de orfebrería. Centrada en el altar la mesa de piedra de granito de una sola pieza, todo ello enmarcado sobre un arco ojival en piedra.

Se aprecia el notable estilo de arquería mediante la intercalación de pilares a lo largo del templo.

Antes del presbiterio, al lado izquierdo se encuentra la imagen de la Virgen del Rosario con el Niño, engalanadas con sus respectivas coronas y sus preciosos ropajes, imagen procesional que sale el Domingo de Resurrección.

Situado en el centro del templo se encuentran los restos mortales del que fue el alma de esta capilla, uno de nuestros sacerdotes D. Felipe Gutiérrez.

En la parte inferior derecha el confesionario realizado en madera y presenta un original diseño.

En la parte inferior izquierda se accede a la tribuna, desde la cual se puede seguir el culto, con su barandilla de hierro.

Para su iluminación cuenta con cuatro lámparas colgantes, que dan mayor luz al templo.

En el pórtico de entrada nos encontramos de frente la imagen de la Virgen y san Juan y en el medio la imagen de Jesús en la Cruz, junto a ellos la pila de mármol.

El Santísimo Cristo de la Indulgencia, patrón de nuestra parroquia, el cual se encuentra en esta capilla que lleva su nombre y en la que se realizan la mayoría de los cultos.

Su festividad tiene lugar el día 14 de septiembre “Exaltación de la Santa Cruz”, cuenta con diversos actos religiosos.

El día 5 de septiembre la imagen del Cristo es traslada en procesión a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, durante nueve días se realiza en ella la Santa Misa y a continuación la novena en su honor, para culminar el día 14 con su Solemne Misa y procesión.

El día 13 después de la misa y de su novena, tiene lugar la ofrenda floral en la plaza de su capilla.

La Santa Misa fue presidida por nuestro sacerdote D. José Antonio Calvo Gómez, concelebrada con sacerdotes de otras parroquias, con la presencia de las autoridades civiles, damas de honor, personas ataviadas con el traje típico regional y el resto de devotos del Santísimo Cristo.

Finalizada la Santa Misa es trasladada en procesión la imagen del Santísimo Cristo de la Indulgencia a su capilla, en sus preciosas andas obra de D. José Vimet Marras (q.p.d.) con una estructura de madera de nogal, labrada a mano con un perfecto acabado, en cada lateral el repujado es diferente, en la parte delantera se encuentra la Sagrada Forma, en la parte trasera una cruz y a ambos lados, una cadena con tres clavos y una mitra, acompañado de motivos vegetales en un bajo relieve.

Para su iluminación porta cuatro candelabros con cinco faroles cada uno, sobre pies labrados. Cuenta con la peculiaridad de poder ser trasladado a hombros o en ruedas, se completa con los faldones en tela aterciopelada en color granate.

Abren la procesión tres monaguillos portando la Santa Cruz y las velas, la Imagen del Santísimo Cristo de la Indulgencia, a continuación los sacerdotes, autoridades, la banda municipal y sus devotos, haciendo dos filas para recorrer las calles del pueblo.

En la plaza del Ayuntamiento se detiene la imagen y un grupo de personas ataviadas con el traje regional bailan la jota en honor del Cristo.

En la puerta de su capilla se efectúa la subasta de banzos dirigida por D. José Iglesias, a continuación unas palabras del sacerdote con la interpretación emocionada del himno por parte de la banda municipal, nos despedimos del Cristo hasta el próximo año.


Himno de Navalperal

Navalperal de Pinares,
por tu gracia y tu solera,
eres de la España entera
el mejor de los lugares.
Tienes por orgullo un sol
y unas noches tan hermosas,
que sólo por esas cosas
se ve que eres español.
Tus mujeres son galones,
en oro y plata bordados,
y tus hombres soldados,
más audaces que leones.
Rinde tributo a tu paz
la colonia veraniega,
por ser recreo y solar
de los que a tu lado llegan.
Navalperal, lindo eres,
tu laborar y tus mujeres,
como todo lo que tienes,
es puro manantial,
y tu encanto señorial,
lo mejor de los rehenes.

¡Viva el Santísimo Cristo de la Indulgencia!


© Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción 2019